Cómo hablar de lo que no sabemos: el suicidio de Foster Wallace

Paul Cézanne. Manzanas y naranjas.
(de unas notas tomadas el 21 de noviembre de 2008)

Hay otra tema que me interesa porque revela en qué medida no sabemos nada –y no queremos saber y preferimos ir de chulitos dándonoslas de que sabemos tanto: es el suicidio de Foster Wallace, un escritor de culto entre los posposmodernos, que aquejado de depresiones intermitentes, hace apenas tres meses se quitó al vida ahorcándose. Sentí una gran tristeza al pensar precisamente en la tristeza de este hombre de mi edad al que nada de lo hecho pareció servirle de estímulo, y que no pudo controlar los efectos secundarios de la medicación (que estoy segura provocaron el arrebato final).

Bien, pues hay que leer lo que se ha escrito sobre ello. Es todo de lo más indigente. Los posposmodernos, que se han metido en el cuerpo de todo o, al contrario, van de compañeros de viaje impolutos de otros que sí se metieron de todo, hablan del tema como si estuviesen obligados a escribir una canción de rock. Mejor el tono y el estribillo, ey amigo, que el contenido. Y lo que más grima da es que si andan ya por los 40 años o los rebasan demuestran no saber de nada y vivir de oídas en lo referente a asuntos nada triviales como el dolor insuperable que conduce a alguien al suicidio. Es que la vida los pilla en cuadro.

Y cuando son más jóvenes, demuestran la petulancia de haber elegido a Wallace y a escritores de su cuerda por lo mismo que se visten como se visten y se dejan perilla, y llevan Converse, los pantalones caídos a ras de raja de culo: porque es lo que toca, porque se lleva.

Claro, porque hablar de espiritualidad, de una cierta hondura psicológica y de literatura no pueden, porque no saben nada. De modo que este hombre ahorcado, este hombre que creyó haber dejado atrás –quizá demasiado atrás ya– la juventud y la infancia, es una figura de cómic, bidimensional como un cómic, y si ha escrito sobre la fragmentación de la realidad y de nuestra percepción fragmentada, es cómodo considerarlo un muñeco roto de la literatura, un icono pop convertido en mito. Pero sin que en ningún momento nadie haga una reflexión ya no seria sino que dé a comprender qué lógica imparable lo condujo al suicidio. Un artículo del nivel, digo yo, del que la psicoanalista Elisabeth Roudinesco dedicó a Althusser, que asesinó a su esposa enferma, en Philosophes dans la tourmente.

Echo de menos una lectura que nos descubra cómo, si todo es signo y decimos saber que todo es signo, qué significa la figura, el cuerpo de Foster Wallace hinchado primero por los antidepresivos –me impactó hace unos años al ver una foto suya, en qué se había convertido–, y luego sacrificado por los medios que él se procuró –la cuerda, la hora sin compañía. Qué significa lo que tenemos delante de nuestros ojos, de nuestras inteligencias y no admitimos que es así; cómo la mayoría nos negamos a descifrar esos signos y los rechazamos como parte residual de la represión cristiana que niega enterramiento en suelo sagrado al suicida.
Me gustaría que alguien acertara a descodificar todos esos signos que comentarios malversadores han convertido en otra cosa: la cuerda que en boca de Fresán se convierte en “soga”, mucho más literario, cómo dejar pasar la ocasión. O la fantaseada agonía del acto fallido en el artículo de un chaval publicado en no sé qué revista hipermoderna que leí ayer. Pero quién dice nada de la cuerda en torno al cuello contra la propia voz. ¿Por qué todas las decisiones inconscientes son tan reveladoras?
Qué decir, por contraste, de la felicidad de los que aman, de los que gozan de un día sin sentirse obligados ante ningún público, ése que depredador va estrechando tu espacio y tu margen de libertad. Alguien que, en definitiva, diga también de la noción simplificada de sí mismo, vivida a otra velocidad. De ahí, imagino, desde ese lado opuesto, la afición que suscita otra clase de escritores, como John Berger, que parecen escribir y cartografiar lo obvio cuando lo que hacen es llamar o devolver nuestra atención a maravillas asombrosas como el color de un fruto –las famosas manzanas de Cézanne mencionadas por Woody Allen en un momento de recuento melancólico–, o el placer de hacer un viaje en moto, recorrer Roma en moto, y el cuerpo atravesando y surcando abrazado al espacio que abre la carretera, el camino.
El ahorcado son los pies que dejan de tocar la tierra, que se apartan de un territorio natural. Porque probablemente hace ya algún tiempo que él dejó de estar “con los pies en el suelo”.
Es elevación según los códigos de interpretación de los sueños, es seguramente desdén de lo que queda abajo. Un deseo de elevación verificado al pie de la letra. Trágica literalidad. Como dicen los detectives protagonistas de la novela La muerte me da, cuando encuentran mensajes de la poeta Alejandra Pizarnik al lado de los cuerpos castrados: “La poesía no se lee así, ¿verdad?”.
Nada ha de leerse así.
Es, en cierto modo, lo que Elias Canetti dice: “La tristeza por las cosas (es decir, los acontecimientos) se ha vuelto tan grande que se me olvidan los mitos”.

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