DIANE ARBUS, de Patricia Bosworth


Autorretrato de Diane Arbus

Freak



Familia sobre el cesped un domingo en Westchester, N.Y. 1968
© Fotos/photographs the Estate of Diane Arbus

El libro de Patricia Bosworth es muy malo. Su enfoque es el típico de las mujeres puritanas que, mediante una sistemática descontextualización, pueden presentar los actos del personaje protagonista como fruto de una mente enloquecida.

Como se publicó coincidiendo con la exposición retrospectiva del conjunto de su obra que organizó La Caixa, el reportaje publicado por El Periódico obvia toda crítica al libro y lo toma como base para retratar a Arbus.

 

Diane Arbus fue una pionera de la mirada descarnada sobre la realidad y su huella puede detectarse en muchos de los fotógrafos actuales considerados radicales y provocadores. También sus temas, los seres marginales, las sexualidades ambiguas, las situaciones límite, el brutal desenmascaramiento de las personalides, se han convertido en algo no sólo tópico sino incluso banal. El trabajo de Arbus respira una búsqueda auténtica, que se explica por un lado en las inquietudes de su época –con el punto álgido en los años sesenta–, y de otro en su propia biografía.
La niña rica:
Nacida Diane Nemerov (Nueva York, 1923), sus padres eran judíos de origen ruso-polaco, ricos de primera generación, que trataron de proteger a sus tres hijos de las penalidades de “la vida real”. Eran los dueños de unos grandes almacenes, especialistas en pieles. No llegó ni a enterarse de la Gran Depresión que afectó a todo el país. En uno de sus paseos de la mano de su institutriz por Central Park, la niña se sintió atraída por unas chabolas cuyos habitantes despertaron su curiosidad. Superdotada, y con talento para la pintura, se sentía protegida en un mundo irreal. Su fotografía es un intento de mostrar la otra cara de su ambiente. Como una Alicia en el país de las maravillas, su personaje favorito, se adentra en un mundo que cambia de dimensión, grotesco y habitado por seres excéntricos. Goya, La parada de los monstruos, Weegee, Homero y Borges fueron las principales coordenadas culturales de una fotógrafa que asombraba por su erudición.
La mujer casada: A los 14 años, Diane se enamora del apuesto Allan Arbus, aspirante a actor de 19 años, de origen modesto. La oposición familiar sólo da aire a su amor y la pareja se casa en 1941. Allan la introduce en la fotografía cuando, a su regreso de la guerra, le enseña los rudimentos del cuarto oscuro, aprendidos en el ejército. El Estudio Arbus les reporta éxito, dinero y contactos, trabajando para revistas como Glamour y Vogue. Pero los dos acaban odiando el negocio de la moda y su artificio. Diane Arbus busca su propio estilo en personajes de circo de pacotilla, transexuales, gigantes, mendigos. Lisette Model, otra fotógrafa de padres pastosos y judíos, se convierte en su mentora y confidente. La Arbus desea ser una esposa perfecta pero ambiciona también realizar su sueño juvenil de ser una gran artista triste. El matrimonio se rompe y cada cual sigue su camino: Allan se vuelca en el teatro y encuentra nueva esposa; Diane recorre de la mañana a la noche el lado oscuro de Nueva York cargada con sus cámaras y se lleva un botín de extravagancias, el incómodo reflejo de la verdadera América y de su alma.
La mujer melancólica: La fachada opulenta de los Nemerov tiene su lado oscuro: un padre de carácter avasallador y una madre distante aquejada de depresiones. Diane Arbus, cautivadora y atormentada, sufrió toda su vida períodos de melancolía que combatiría con antidepresivos, psicoanálisis y otras drogas de moda en los sesenta. Década de excesos y de autoexploración obsesiva, nadie le recomendó que durmiera y comiera suficiente ni que equilibrara sus tratos con freakis millonarios o mendigos cultivando la virtud del humor (quizá habría que aconsejárselo a su biógrafa). Arbus se quejó siempre de que le pagaban la mitad que a sus colegas masculinos y de que su trabajo era mal comprendido, pues “contemplar a los excéntricos era una cura para la melancolía” y un recordatorio de que “podemos fracasar”. Cuando los prospectos médicos no incluían el capítulo de efectos secundarios, las mujeres que mezclaban tranquilizantes con la píldora podían sufrir una hepatitis tóxica. Arbus sufrió esta enfermedad y las depresiones derivadas de su precaria salud y su envejecimiento prematuro, que concluirían en suicidio. El 27 de julio de 1971 su amigo Marvin Israel encontró su cuerpo sin vida, con cortes en las muñecas; había ingerido además una gran cantidad de barbitúricos.
La mujer hipersexual: Abanderada de la libertad desde su temprano matrimonio, luego disfrutaba con ligues ocasionales que contaba con todo lujo de detalles a sus pasmados amigos. Su biógrafa asegura que el éxito como fotógrafa la hacía más osada sexualmente. Madre de dos talentosas niñas a las que trataba como sus hermanas, la Arbus nunca volvió a ser la perfecta casada y mantuvo romances, obsesivos o románticos, con Bruce Davidson, Marvin Israel y un largo etcétera, incluidos anónimos marineros a los que conocía en el asiento trasero de un autocar de la Greyhound.
La artista de éxito: En sus palabras, “hacer un retrato es como seducir a alguien”. Pero algunas celebridades a las que fotografiaba para Squire u otras publicaciones modernas como New York criticaban su comportamiento a lo paparazzi que se lanza sobre su presa “como un buitre”. Norman Mailer dijo de ella: “Darle una cámara a Diane Arbus es como darle una granada de mano a un bebé”. No llevaba armas sino dos cámaras Mamiya, dos flashes, a veces una Rollei, lentes, carretes y fotómetros, un equipo pesado para quien creía que el arte no era fácil.

1967 es la fecha en que el MOMA incluye sus fotografías en una exposición que la da a conocer. Aunque sus temas son difíciles de aceptar para la publicación en prensa, se convierte en fotógrafa de referencia de la época y ve reconocido su trabajo con la beca Guggenheim y conferencias pagadas. En sintonía con su época, se interesa fotográficamente por los Hell’s Angels, la muerte de Kennedy, Warhol, o las marchas pacifistas contra Vietnam sin ceder al mercantilismo ni abandonar sus temas favoritos: alienados, disminuidos mentales, bebés extraños, invidentes…

Respetada en un mundo esencialmente masculino, tuvo por amigos a grandes como Walker Evans, Robert Frank, Bruce Davidson, Gary Winogrand y Richard Avedon. Éste, que supo conjugar con éxito sus proyectos personales con los grandes encargos comerciales, a la muerte de Arbus, manifestó: “¡Cómo me gustaría ser un artista como Diane!”, pero toda su obra es un desmentido de este deseo.

Las fotos de la Arbus siguen siendo perturbadoras y a nadie dejan indiferente, si bien como resumía con acierto la revista ARTS, “la gran humanidad de la obra de Arbus radica en que santifica esa intimidad que, en un principio, parecía haber violado”.

Publicado por EL PERIÓDICO de Catalunya, 2007
© Texto: María José Furió

Noticia relacionada: El legado de Diane Arbus descansa en el Met /
http://www.abc.es/hemeroteca/historico-06-01-2008/abc/Cultura/el-legado-de-diane-arbus-descansa-en-el-met_1641538871651.html

 

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