LOS IMPACIENTES, de Gonzalo Garcés

Buenos Aires

HIMNO A LA JUVENTUD

El chico hablaba en castellano con marcado acento francés. Primero contó que el polo que llevaba era de una marca cara, “de pijo”, después señaló las sandalias, un modelo revisado en clave sofisticada de la clásica sandalia franciscana, y celebró lo cómodas que eran. Sus interlocutores eran un chico y una chica de su misma edad, veintipocos años, y al menos ella debía de ser española y merecía que el del polo caro se esmerase en hablar nuestro idioma. El chico continuó afinando la composición de su personaje: “lo que de verdad me gustaría es entrar un día en París conduciendo un Mercedes, uno viejo, de segunda mano, de los grandes, así, un poco burlándome de mí mismo, de lo que me apetece hacer…” y continuó con su discursito dandi-sport hasta llevarlo a la escena de su entrada, de una épica calculadamente irónica, en el territorio donde debía iniciarse su madurez: él al volante recibido por el Arco de Triunfo.

“Escúchalo”, pedí a mi acompañante: yo sola no podía soportarlo. Lo hizo. Acababa de contarme cómo había robado la primera moto, su pasión más espiritual, en la que montó. Él acostumbra a llevar botas camperas y, hasta la fecha de hoy, ningún dandi usa botas camperas. Argentino, no psicoanalizable –¿debido a las botas camperas?–, y capaz de expresarse con claridad en tres idiomas, escuchó y observó durante unos veinte segundos; probablemente nada antes en su vida lo había dejado tan estupefacto pues sólo dijo: “Sí, el polo es de una marca muy cara”. Entretanto, el francés se pavoneaba a bordo de su imaginario Mercedes antiguo y de segunda mano. Es una pena que haga el ridículo así, me dije, y que no sepa que precisamente los Mercedes de segunda mano van tirados de precio. Pero, ¿cómo advertirle?: de sus veinte a nuestros treinta y cinco años las distancias son siderales. Bueno, al menos no pensaba inaugurar su juventud apuntándose al paro. Al menos consideraba una obligación pertrecharse contra el adocenamiento. Por otro lado, encarnaba lo bueno y lo malo de tener veintipocos años, ser universitario y contar con un auditorio de coetáneos con una paga y horizontes más modestos: tenía más palabras que mundo, más deseos que experiencia, más impaciencia y más tiempo, más vanidad y más libros que posibilidades de contrastar todo eso con la realidad.

Escribir una novela es una buena manera de empezar a tratar con la realidad. Y si al joven autor impaciente se le otorga un prestigioso premio, le conviene recibirlo como el envenenado regalo que es.

En una plaza como la del Reloj, que nunca consideré escenario para el esnobismo y gracias al chico que hacía planes de futuro tomando agua con gas, entendí la moraleja que encierra la novela galardonada con el Premio Biblioteca Breve 2000 y la perplejidad, impaciencia incluso, que suscita.

En qué consiste Los impacientes. Los protagonistas son tres jóvenes bonaerenses de veinte años, unidos por la amistad y que están poniendo etiquetas a sus vivencias y al nuevo territorio emancipado de la familia: Keller, dandi, lúcido como un Hamlet mudo, y algo grueso; Mila, sensible, tiránica “y demasiado porteña”, y Boris, músico convertido en destinatario de la trama por su convalecencia tras sufrir un infarto. Quién quiere a quién, en qué medida y de qué manera es el hilo que enhebra el argumento, de acción escasa, bastante discursivo y con cierta tendencia a engordar el párrafo con filosofadas involuntariamente divertidas. Para organizar su estructura, el autor dice haber elegido el esquema de la Divina Comedia de forma que los personajes se reparten el “Infierno” (Keller), el “Purgatorio” (Mila en guerra) y el “Paraíso” (con la reconciliación de las tensiones y la escena de fusión que justifica la imagen de la portada) y se propone la lectura de un inevitale itinerario de conocimiento, con sus pruebas y obstáculos.

De lo peor del libro no tiene la culpa Garcés: donde converge lo más tópico de los argentinos afrancesados o bonaerenses sin más, es decir el dar por indiscutibles leitmotivs que no se sabe si contribuyen a forjar una personalidad o a desdibujarla, como todo el armazón psicoanalítico con que funciona Mila, o las poses melancólicas de los chicos (infancia + literatura = adolescencia melancólico-dramática) o la hinchazón de la trama tan flaca, todo eso resulta “muy argentino”. Es muy argentino posponer la acción mediante la segregación de un discurso serpenteante que tiene justamente como consecuencia la autohipnosis del que habla. Los discursos/monólogos/ digresiones de los tres protagonistas son el engrudo que los une, la placenta que los envuelve y vincula al mundo todavía ajeno.

Los méritos del libro creo que le pertenecen del todo a Garcés: entra bien en las psicologías de cada uno, se esfuerza en decir aunque sea tan poco lo que en definitiva se conoce y ejerce la lucidez que se tiene a los veintitantos y nunca más de la misma manera. No sé si es o no una suerte que no agote algunas de las mejores escenas. Tampoco el estilo es mera casualidad ni se dedica a enhebrar ocurrencias o lanzar guiños, pues todo está supeditado a una idea: la recensión, la redención de los veinte años, la construcción de una épica personal que busca y necesita un Buenos Aires con rincones y vistas nuevos. Las intenciones quedan tácitamente indicadas en una referencia de Boris a un estudio, Simetría y amor en la poesía dantesca, mientras escucha, ¿casualmente?, una canción titulada Trío de Buenos Aires.

Como ocurre muchas veces con los primeros libros, es un texto todavía bastante autista, de recorridos interiores en el que se detecta a un autor que sueña con llegar a los Campos Elíseos conduciendo un flamante Mercedes (lujo) de segunda mano (poesía), donde espera ser recibido en medio de aplausos turulatos que desdoblarán su imagen en reflejos más pequeños. El libro se justifica y vale entonces por lo que es, una impaciencia de ser, de hacer caer las tremendas palabras heredadas –la cultura son palabras de más de ochenta años y de ahí el sentido que suena cómico de querer tener ochenta años a los veinte–, lo que sólo son libros, para colocar en su lugar palabras propias. Ya que lo que se cuenta: “Uno o dos golpes reales; algunos hechos excesivamente obscenos me habían retorcido como un trapo sucio… Tales cosas […] no merecen, por sí mismas, ser contadas. Ahora bien, nadie puede evitar dar un significado especial a los blues de sus veinte años”. Como también dice Keller y es un resumen ajustado: “Cuánta ridícula soledad, y cuánta juventud”.

Son explicables las suspicacias que despierta la concesión de un premio que en su momento merecieron personalidades tan terrenales como Goytisolo, Vargas Llosa, Marsé, Benet y Carlos Fuentes, entre los más significativos –autores con una trayectoria nada errática y que tratan el idioma a cincel–. Los impacientes, independientemente de lo que podría convenirle a su autor, al ser presentado como mascarón de proa de una línea editorial –“Seix Barral sólo busca la novela que no tenemos”, Basilio Losada dixit–, se convierte en una plasmación de un desvío por los vericuetos de la ambigüedad. Al apostar por una novela más descriptiva que crítica, y más sentimental que punzante, sus editores no están defendiendo tanto una literatura de raíces cultas como renunciando expresamente a una tradición si no transgresora –¿imposible en los tiempos que corren?– sí a lo que pudiera ser una literatura no confortable, tal vez valiente. Una literatura protagonizada, escrita, por los que roban motos para cabalgar sus sueños.

Seix Barral, Barcelona, 224 páginas, Premio Biblioteca Breve 2000

María José Furió, publicado en FOCO LATERAL, octubre 2000


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