En los archivos de Freud, de Janet Malcolm / Estados de ánimo del psicoanálisis y Resistencias del psicoanálisis, de Jacques Derrida

Jacques Derrida

 

Sigmund Freud

Si un texto empieza con esta frase: “A mediados de la década de 1970, un joven llamado Jeffrey Moussaief Masson empezó a dejarse ver en congresos psicoanalíticos, donde suscitaba una atención no exenta de perplejidad” sabemos que quien escribe ha leído con ganas a dos de los mejores autores norteamericanos: Henry James y Scott Fitzgerald. Janet Malcolm (1934), autora también de Leyendo a Chéjov, ha escrito un texto según las fórmulas del periodismo clásico, recopilando información de los personajes mediante entrevistas personales y transcribiendo sus palabras, pero amparándolo en la tradición narrativa de la comedia americana de personajes. Así, Fitzgerald aportaría el glamour, la sátira y la derrota sublime del protagonista mientras que Henry James inspiraría el mensaje de sofisticada desolación que encierra el cultivo de la alta cultura, que aquí toma cuerpo en la administración de los archivos de Freud.

El profesor de sánscrito Masson, treintañero, brillante en sociedad, promiscuo y embaucador, se está formando como analista, aunque no llegará a ejercer por carecer de la capacidad de escucha imprescindible, cuando conoce al ingenuo Eissler, “uno de los grandes veteranos del psicoanálisis contemporáneo”, quien, desoyendo las críticas de toda la profesión, le convierte en su delfín y prometido director de los Archivos de Freud. A partir de la lectura de cartas hasta entonces inaccesibles de Freud, Masson pergeña la tesis de que éste sustituyó su teoría inicial de la seducción por el complejo de Edipo, es decir, que los casos de abusos sexuales intuidos tras las manifestaciones clínicas de sus pacientes, el médico vienés pasó a tomarlos por acontecimientos ficticios vividos como reales. Masson denuncia que el psicoanálisis decide suprimir la realidad sustituyéndola por el concepto de “experiencias individuales”, una decisión de tal vez funestas consecuencias para los pacientes, que podrían decidir reclamar la devolución de su dinero por una cura equivocada. Este vislumbre de masivas reclamaciones por daños incuantificables presagia aún en tono de comedia denuncias hoy habituales como las de los negros en nombre de sus ancestros esclavizados.

Cuando más felices se las prometía Masson, verdadero personaje trágico, comete un error imperdonable al irse de la lengua en cierto periódico y pierde el favor de su mentor y con él su prometedor futuro.

Un segundo frente de guerra contra el padre del psicoanálisis llega desde Inglaterra dispuesto a demostrar que Freud no sólo era un drogata que iba de santurrón y que escribió sus teorías bajo los efectos de la cocaína sino que pretendió nada menos que acabar con un colega rival mediante el expeditivo recurso de matarlo. El autor de tan delirante teoría es Peter Swales, antiguo asistente de los Rolling Stones, reconvertido sin pasar por la universidad en especialista en Freud.

Como guardián del sepulcro freudiano está su hija, Anna, quien observa desde lejos y no sin inquietud el futuro del sagrado legado de su padre a punto de ser asaltado y violado por una horda de descreídos ávidos de fama y dinero. Eissler, conmovedor como personaje jamesiano, entona un desconcertado mea culpa sin acertar a leer en sí mismo una inconsciente necesidad iconoclasta.

Lo cierto es que Janet Malcolm, inesperado personaje de la trama, juega con astucia la baza de la objetividad periodística y escudándose en ella traslada a una estructura poliédrica de entrevistas, declaraciones y escenas en contrapunto el cometido de revelar el mensaje irónico que encierra el libro, que parece surgir por sí solo. Si bien ella lo dice refiriéndose al psicoanálisis, puede aplicarse a todas las disciplinas artística o intelectuales y, cómo no, al periodismo: “el trabajo creativo dentro de un sistema de pensamiento se realiza en las fronteras de dicho sistema”. Esa creatividad favorece la entrada, y hay que resignarse, a advenedizos, turistas del saber y fantasmas que entran en los santuarios como elefantes en una cacharrería.

La guasa intelectual que hace tan amena la lectura de En los archivos de Freud disimula la profundidad de la cuestión que en realidad planteaba el histriónico Masson: qué responsabilidad, qué papel, asume el psicoanálisis ante acontecimientos históricos que cuestionan al ser humano: tortura, pena de muerte, guerra, en definitiva el sufrimiento. Dada la reputación de banalidad y de apetito de dinero que acompaña a todo lo norteamericano, esa cuestión parece desvanecerse y no hallar un eco hasta el año 2000 cuando la plantea Derrida en los Estados Generales del Psicoanálisis.

Derrida acusa al psicoanálisis de verse superado por los acontecimientos y no abordar las cuestiones sociales y de derecho, sobre todo el papel de los Estados como administradores soberanos de la crueldad (incluso la desjerarquización que ha operado la extensión de la tecnología web es objeto de uno de sus sagaces comentarios). Lo critica también por su liturgia y lo que sanciona: la idea de poder, de familia, y de un tipo de familia, conceptos demasiado sólidos y precarios para no ponerlos hoy en solfa. Lo que Derrida representa, junto con Foucault, es la discusión del poder desde un espacio fronterizo: el del idioma, una concepción concreta de la razón, respectivamente. Resulta reconfortante que lo que movió la indagación de esos últimos años de Derrida, con su puesta en escena delante de un auditorio que sabía ya seguirle por los meandros de su pensamiento, sea la pregunta acerca de la posibilidad actual de un pensamiento subversivo tras la caída del comunismo. Por eso, cuando declara que en cada sesión psicoanalítica debería producirse una microrrevolución para el analizante, está impugnando el carácter de mera transacción económica en que se ha convertido el psicoanálisis, por la cual el analizante parece comprar pequeñas dosis de consuelo o un certificado de cordura, o ambas cosas a la vez.

Y más allá de las ideas que plantea, el asunto fundamental es el lenguaje, la escritura, el texto. Si para Derrida el lenguaje es un sistema de huellas, no estamos lejos del psicoanálisis ni de la religión: tres disciplinas del pensamiento que hacen del estudio del lenguaje, en su manifestación oral o escrita, su campo de trabajo. De hecho, de lo que se trata es de una evolución en la que se va perdiendo la carga de autoridad “divina” (Freud, los psicoanalistas, encarnan aún la suprema autoridad) y dejando el lenguaje como la expresión desnuda de una trascendencia, implícita en el ser humano. En este sentido se entiende por qué aborda Derrida como lo hace las figuras de Descartes y Foucault y los conceptos de Genio Maligno y locura en Resistencias del psicoanálisis.

Lo fascinante es que nada es gratuito en él. Por más enervantes que sean sus frases (¡pobres traductores!) y sus aforismos quiasmáticos, tienen una razón de ser: cada palabra es una huella y un trenzado de referencias, su proliferación inagotable trae a la luz el abismo de sentido que constituye al hombre y es la noción de esa profundidad sin fondo (el ómfalos de Freud) lo que sugiere la noción de lo sagrado. Justamente ahí, dice Freud, en la localización de ese punto de no retorno, se detiene el análisis. Es entonces cuando el silencio es también, pero como en música, lenguaje, y es así como al autor de De la gramatología se le podía escuchar como al músico de jazz su público.

J . M., Alba Editorial, 2004, trad., Catalina Martínez Muñoz, 191 páginas
E. de. án.Presentación a los Estados Generales del Psicoanálisis (82 págs.)
y R. al Ps. (167 págs.) de Jacques Derrida, Paidós, Barcelona, 2001 y 1997 respectivamente.

 

Anuncios

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s