CONDENADA BELLEZA DEL MUNDO, de Luis Martín-Santos

Amanecer en la Caletilla, Almuñécar, Costa Tropical. Marzo 2007. Foto: SHB
Condenada belleza del mundo es un relato de 1962 que fue publicado en 1965 en la revista de cine Griffith y en 1986 en la revista Urogallo. Leído en 2004, el lector puede tener la impresión de que se trata de un texto al que el paso de los años no ha perjudicado en absoluto y que revela mejor en qué medida Luis Martín-Santos (1924-1964), cuyo nombre va siempre ligado a la novela Tiempo de silencio, no era un diletante de la modernidad. Entiéndase: se habla de él como pionero en la renovación de la novela española pero no cabe duda que Benet o Cela, polos ideológicos opuestos y coetáneos casi estrictos de Martín-Santos, sí tuvieron la ocasión de desarrollar su respectiva ambición literaria, de la que hoy dan fe tanto la obra publicada como sus discípulos.

La colección “Únicos” no exhuma a un autor sino que lo redescubre. Al incluir la copia facsímil del texto mecanografiado y corregido por su autor junto con una doble versión final del texto, no estamos tanto ante las vacilaciones creativas del escritor como ante las propuestas más vigentes de lectura de hoy mismo.

El texto en sí es estupendo pues relata las andanzas de una troupe de actores en Almuñécar, Granada, donde se rueda la historia del amor de verano de un pobre españolito ex seminarista y una emancipada francesita, lo que da pie a mirar con tanta sorna como simpatía los cambios de costumbres, de moral y de paisaje que tenían lugar en España. El papel del cine y del turismo como aceleradores de la modernidad está muy bien reflejado no sólo en cómo se desordena el pueblo con los forasteros sino en las instrucciones que el guionista da a los actores en vista a la interpretación de la escena clave del “film”. Que Martín-Santos supiera reproducir y reírse a la vez de la jerga marxista-cahierista del momento dice que no era ciego al desfase que existía entre la voluntariosa modernez de los intelectuales de la época y las verdades que había que decir. Una modernez de rápida caducidad que puede empezar a transformarse en una modernidad real cuando al narrar se busca algo como la “condenada belleza del mundo que has venido a ponerte ante mí con la violencia misma de la condenación, con la necesidad imprescindible de una verdad, que provocadoramente me dice ‘Aquí estoy’”.

Prólogo de Luis Martín-Santos Laffón Reproducción facsimilar, Seix Barral, Únicos, 101 páginas

María José Furió
Publicado en Culturas-La Vanguardia

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