TUMBAS SIN SOSIEGO, de Rafael Rojas


Virgilio Piñera. Fuente: elpozosinfondo.blogspot.com

 

Rafael Rojas. Fuente: google

 

Rafael Rojas (Cuba, 1965), doctor en Historia, autor de varios ensayos importantes, está exiliado en México y colabora en medios como El País, Letras Libres y El Nuevo Herald de Miami, que suele publicar titulares como «Los cubanos de la isla son los que más se suicidan de América». Es probable que las personas a las que les gustaría vivir en una novela de John Le Carré también desearían creer que Tumbas sin sosiego es un ensayo escrito por un espía de Norteamérica para minar la Revolución y preparar el «desembarco del liberalismo y la globalización» en la isla poscomunista. Es una idea divertida, pero no justa.

Tumbas sin sosiego es ante todo el rastreo tan concienzudo como nostálgico de un linaje intelectual aplastado en ciernes por las sucesivas dictaduras que han maleado Cuba: el del pensamiento democrático expresado por poetas, novelistas, filósofos, artistas plásticos de tendencias diversas en un marco de discusión saludable y útil para la polis. Es una exploración del trato del intelectual cubano con el poder, con la Historia, y una descripción de las sucesivas aproximaciones de ese intelectual al poder, saldado casi siempre con su reconversión en siervo leal, títere del gobierno, o en disidente aplastado por la maquinaria ideológica que genera el poder para legitimarse.

Sin duda, el triunfo revolucionario de 1959 es el eje y la pesadilla del pensamiento cubano. Que Fidel Castro y sus leales se hayan apropiado del sentido de la revolución (también de la palabra) induce a Rojas a reformular una “política de la memoria” para ofrecer al futuro, que se espera poscomunista, un arsenal de ideas coherente y adaptado al presente y un retrato de las figuras clave del pasado –desde las figuras eminentes del período batistiano, pasando por los grandes exiliados como Manuel Moreno Fraginals, Guillermo Cabrera Infante, Reynaldo Arenas, Heberto Padilla, Juan Díaz y Raúl Rivero, y sin olvidar a los que se hicieron isla dentro de la isla, como Lezama Lima o Virgilio Piñera— limpio de excrecencias totalitarias.

Aparte de los excelentes capítulos dedicados a Guillermo Cabrera Infante y a Moreno Fraginals, y de la pormenorizada relación de la humillación padecida por Padilla que puso fin a la luna de miel de significativos intelectuales con el castrismo, lo mejor de Tumbas sin sosiego está en los capítulos que abren y cierran el ensayo. Rojas explica que en el presente se dirime una batalla por la propiedad simbólica de la isla y por el legado de sus intelectuales. Describe cómo el castrismo ha dado últimamente honras fúnebres a algunas personalidades que fueron críticas con la deriva totalitaria de la isla y que en muchos casos murieron en el exilio. Esa reapropiación forma parte de las sucesivas “refundaciones” ideológicas del régimen, que se han producido conforme los cambios geopolíticos lo han ido dejando huérfano de aliados potentes. De esos cambios en verdad insustanciales, dice Rojas, se ha derivado una confusión acerca de la aportación ideológica de dichos intelectuales y el autor trata de rescatarlos para una posmodernidad liberal que, sin el remedio de ideas sólidas, puede hacer de Cuba un nuevo enclave colonial, «una democracia sin nación, un mercado sin república».

Lleno de ideas y análisis muy fértiles, es de lo más interesante el desarrollo de esta tesis tomada de Zygmunt Bauman en En busca de la política (1999): existen «dos poderosas corrientes espirituales de la modernidad: la totalitaria, que tiende a la anulación estatal de lo privado, y la nihilista, que cultiva el desentendimiento personal de lo público». Para Rojas, «Cuando la política gravita hacia el totalitarismo, la cultura se moviliza desde resistencias nihilistas. Pero cuando el nihilismo se apodera de la esfera pública, entonces la cultura puede experimentar politizaciones cívicas o revolucionarias». De cómo el nihilismo dio lugar a la revolución castrista y el comunismo suprimió la promesa democrática que explicaba el gran apoyo que tuvo Castro en 1959 se sigue que en el actual vacío puede surgir de nuevo una opción democrática moderada. No creo que Rojas sea un moderado y sí me parece que si su opción es la del “intelectual rebelde” a imagen de Albert Camus, al que reivindica con perspicacia, debería haberse adentrado en el análisis del papel purificador de la violencia contra la violencia de Estado, idea vigente en los años 60 y 70, y hoy una reflexión tabú, pero que tiene exponentes residuales en ETA y en los movimientos guerrilleros que aún campan fuera de Europa. Sin esa reflexión, el intelectual habita cerca del poder o es irrelevante, pero no crea su verdadero espacio de poder.

María José Furió.
publicado en Culturas-La Vanguardia.

Anagrama, Barcelona, 2006, páginas,
Premio Anagrama de Ensayo 2006

 

Responder

Por favor, inicia sesión con uno de estos métodos para publicar tu comentario:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s