INVENTARIO SECRETO DE LA HABANA, de Abilio Estévez

 

Viajar a La Habana parece que inspira la necesidad de responder a la intrigante cuestión de qué es la “cubanidad”, qué puede ser ese conglomerado de emociones y nostalgia que convoca la mera mención del nombre. Como en el siglo XIX las colonias africanas: Kenia, Tombuctú, o asiáticas, Mongolia, Sri Lanka, el nombre de La Habana desata en el siglo XXI un hambre de quimera y aventuras para el cuerpo. Y es que ¿qué lugar queda hoy donde ese tipo de aventura no esté obstaculizada por conflictos y violencias políticas tan flagrantes y tan relatados en los periódicos que uno pueda saciar su apetito romántico con un gasto mínimo de ideología y sin arriesgar la piel? Sin duda, La Habana, Cuba. Uno puede estar más o menos, un poco, bastante, totalmente en contra de la revolución cubana. Pero da igual: si uno es extranjero, y a menos que forme parte de algún batallón contrarrevolucionario teledigirido desde Miami, estar a favor de la revolución o contra ella no obliga a mucho. Proclamas en los diarios liberales a favor de la “revolución cubana” distinguiéndola con delicadeza del “régimen castrista” o, al contrario, denuncias parsimoniosas a toro pasado de los entresijos que explican que el jurado de cierto prestigioso premio está todo él integrado por prochavistas y procastristas, Total: nada. Ruido en la ciudad opulenta. Excrecencias de pensamientos y vientres bien alimentados.

Sin embargo, para los cubanos “decir Cuba” es una necesidad más urgente cuando, como ahora, el régimen castrista agoniza dando coletazos de falsa fuerza.

La Revolución ha dado lugar a ese espécimen característico que es el escritor exiliado. Resistente o peleón, expulsado o invitado a marcharse, o del tipo me-voy-porque-quiero, lo que escribe el escritor exiliado pocas veces carece de interés. Está el Informe contra mí mismo, de Eliseo Diego, o los Tres tristes tigres del ya añorado Cabrera Infante retratando dos clases de delirio: el de la persecución castrista y el de la jarana de los cuerpos cubanos. Los dos con voz pletórica, en la denuncia y en la fiesta.

Inventario secreto de La Habana, de Abilio Estévez se encuentra en medio de estos dos límites señalados por Eliseo Diego y Guillermo Cabrera Infante. El suyo es un libro bello en el que mezcla lo anticuado, las leyendas perdurables de La Habana, con una fórmula moderna de libros de viaje, pues al fin y al cabo, este inventario cuenta nostálgicamente al viajero lo que no se ve en la superficie de la realidad de la isla, desde su historia hasta las costumbres culinarias. Es también una galería literaria en la que cumple con la retórica del retrato de escritor y la relación del autor joven con las figuras señeras, Virgilio Piñera, Lezama Lima; no faltan las anécdotas exclusivas y mordaces como la que se refiere a la visita de Lorca o Cernuda a la capital cubana. Alternando con este inventario de leyendas y recuerdos, Abilio Estévez intercala fragmentos de libros, ordenados cronológicamente, que comentan las impresiones de sus autores sobre La Habana. El esplendor, el salvajismo, la decadencia, la emoción que inspira la llegada.

Pero lo que le da carácter a Inventario secreto de La Habana es que, en paralelo y de forma apenas subrayada, Estévez hace un inventario de exilios. Desde Barcelona hasta Stuttgart, la condición de trasterrado es la que le hace sensible a todas esas figuras extrañas o perdidas, como el trompetista de Stuttgart o el mimo de Barcelona, a las que dedica las mejores páginas. Y de la misma manera indirecta, este es un libro “disidente”, una represalia desde un determinado tono narrativo y desde la perspectiva gay contra lo que la Cuba socialista ha arrollado. Desde luego, Estévez ofrece una imagen muy edulcorada del ambiente homosexual, tal vez pensando en un público mayoritario y bienpensante, pero ese punto de vista mélo, con su serie de retratos masculinos morosamente dibujados constituye la parte de afirmación de la persona sobre una política que no ha sabido evolucionar. Y en definitiva, al explicar por qué los habaneros de la zona vieja pasan la vida en la calle, o el desconsuelo que provocan los apagones, Estévez ofrece una crítica más acertada que las diatribas contra el castrismo de Eliseo Diego respondiendo a las preguntas que todo viajero en La Habana socialista se hace.

María José Furió. Publicado en Revista Renacimiento (Sevilla)

Tusquets Editores, Barcelona, 2004
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