Un día más con vida, de Ryszard Kapuscinski

Foto: Ryszard Kapuscinski en África
Algunas personas tienen la rara capacidad de hacer creer que existe un orden allá donde todo es desorden. Kapuscinski (Polonia, 1932) es una de ellas. Aunque todos sabemos que el mundo no lo dirigen los gobiernos sino los intereses de poderes económicos a menudo ilegales, este antiguo reportero se ha convertido con los años en un referente moral al que se cita como el santo y seña de la probidad en el trabajo periodístico, siendo el periodismo uno de los mayores contribuyentes al espejismo de orden. Se cita Ébano como el libro sobre África; Emperador, como modelo irreprochable de rigor; sin embargo, si no supiéramos quién es Kapuscinski dudo que el mero “trato” con sus libros, sin el apoyo de la reverberación mediática que le acompaña en los últimos años, despertara el fervor que viene despertando.

Porque lo que en realidad caracteriza a Kapuscinski es que sus texto carecen de lo que otros reporteros ponen por delante en todos sus trabajos: el reflejo de un gran ego. Eso hace que ninguno de sus libros sea vibrante (que es lo que se espera de un libro que trate de la guerra, de las revoluciones, de mundos que se desmoronan delante de tus ojos), sino que ejercer su efecto de convicción por resistencia. Kapucinski es el que más tiempo permanece en los lugares de conflicto, quien atiende a las señales imperceptibles que avisan de cambios drásticos, quien decide sus pasos en función no de las exigencias de publicación del periódico sino de los imponderables impuestos por la situación de guerra, es quien da mayor importancia a los detalles prácticos que a los movimientos del frente: cuánto tiempo se puede resistir en la ciudad sin agua, sin recogida de basuras, cómo se produce el traspaso de poder de los blancos a los negros, aunque lo más importante de todo es que son esas condiciones las que determinan y respaldan la veracidad de lo que él cuenta. Por eso, Un día más con vida empieza diciendo: . Podría ser el arranque de una novela, y el periodista se desliza con ganas por el terreno de la narración, con técnicas como las voces confundidas de soldados, gente del pueblo y el propio reportero o una larga parrafada en la que mezcla diferentes acciones, algo que en 1975, cuando Kapuscinski escribía este libro, era de lo más moderno y replanteaba las fronteras rígidas hasta entonces de la escritura periodística. Esas rupturas estaban en el ambiente y lo prueba que Michael Herr, el famoso autor de Despachos de guerra, dedicado a Vietnam, rompiese con la norma del periodista como voz de la razón. Sus despachos presentaban al corresponsal sumido en el delirio de la guerra y personalizaba su experiencia situándola al mismo rango que la de los soldados. Ahora bien, mientras Herr escribe un libro indirectamente generacional, pero su carga de emotividad ha impedido que caducase, Kapuscisnki, al moverse por Angola describiendo y mirando con atención –la elección del país es significativa, pues Angola adonde Portugal solía deportar a sus delincuentes, fue una de las colonias peor tratadas por su metrópolis y su población nativa fue el suministro habitual de esclavos a América–, pero, como casi siempre en él, sin emitir juicios contundentes, lo que ofrece es una crónica histórica que sintetiza en cuatro o cinco movimientos clave los hechos: la guerra, la huida, los nuevos dictadores y la guerra interminable porque el botín también lo es.

 

Una crónica que se parece a esas fotos-emblema que toda revolución tiene: aquí, el abondono a su suerte y el desmantelamiento de una colonia; la Angola de 1975 es el Argel de 1962, el Congo de 1960.

Un día más con vida, confundido entre tantas novedades editoriales, es una interesante narración, con aires vagamente a lo Graham Greene, de una de tantas guerras eclipsadas por Vietnam donde todos los perfiles remiten no a tipos sino a personas y es un testimonio muy contenido del período de la descolonización africana.


María José Furió.

Anagrama, Crónicas, Barcelona 2003
traducción de Agata Orzeszek, 182 páginas

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