Las raíces del cielo, de Romain Gary


Romain Gary directs his wife, the actress Jean Seberg, in a film (1960)

No cabe duda que África ha sido uno de los <géneros literarios> más frecuentados de este siglo (si entendemos género –tómese el lector con el humor que corresponde la definición que sigue– como la “configuración histórica de constantes semióticas y retóricas coincidente en un cierto número de textos literarios”). Un África de dos caras: luminosa y primitiva, mágica y poderosa, en la obra de Isak Dinesen, Hemingway, Kipling, Reverte, o en la de aquellos etnógrafos de primera hornada fascinados por su descubrimiento de este continente; y un África fantasmática, escenario para un rito de paso a los abismos del alma humana, a la confrontación entre razón y locura resuelta a menudo en una catarsis individual con fondo de catástrofe más o menos colectiva, en Conrad, Céline, Bruce Chatwin, J.M.G. Le Clézio o incluso en E.M. Forster. Y aún podríamos hablar de una tercera línea de síntesis, donde encontramos a Doris Lessing, a Nadine Gordimer, a Coetze y hasta a André Gide, que exploran desde una perspectiva política las posibilidades de convivencia de dos mentalidades enfrentadas, la ancestral y la occidentalizada. El Romain Gary (Rusia, 1914 – París, 1980) de Las raíces del cielo transita entre los dos últimos ámbitos con una novela desbordante y generosa en sus excesos, buen reflejo de la personalidad de su autor, ruso judío enamorado de la cultura francesa, idealista, carismático y seductor como buen diplomático y fabulosamente dotado para cultivar una leyenda personal –que culminaría en la invención de un escritor-fantasma, Émile Ajar–, nutrida de hazañas bélicas, cosmopolitismo irónico, amistades con figuras como Malraux y De Gaulle o sus matrimonios, con la cultísima y rusófila Lesley primero y la joven Jean Seberg de À bout de souffle después.
Las raíces del cielo tiene como protagonista a Morel, ni loco ni misántropo, que desde la selva del África Ecuatorial Francesa se ha propuesto salvar a los elefantes, amenazados por las grandes cacerías y la necesidad de carne de los poblados negros. Su cruzada atrae a personajes tan excéntricos como interesantes que alternativamente nos describen su figura y las reacciones políticas y sociales que la campaña encuentra en Occidente y el desenlace. Entre ellos destacan Peer Quist, el fotógrafo Fields, el paleontólogo y jesuita Tassin, y Minna, una cabaretera procedente de Berlín, confusa, religiosamente enamorada del hombre en quien ha visto al que a través de la defensa del gigantesco animal propone un recordatorio incesante del Holocausto, y una lucha por la preservación de la <dignidad, la fraternidad, la esperanza y la libertad>, es decir por las raíces que el cielo arraigó profundamente en el alma del hombre.


Los encarnan el talante cínico que adoptaba un sector de Occidente y de africanos dispuestos a modernizar a todo trapo sus países, en una fuga hacia adelante esquiva al conflicto moral planteado por las técnicas y mecanismos capaces de acabar con la humanidad: el Apocalipsis, nos recuerda el judío Gary recurriendo a veces a un humor socarrón que pone toda la esperanza en la supuesta locura de una resistencia personal, irreductible y contagiosa. El libro, Premio Goncourt de 1956, acertó a conectar con la actualidad del momento y Gary brindó su galardón a los defensores de <los elefantes húngaros> , a punto de ser aplastados por los tanques rusos. Lo que ha llovido desde entonces.

María José Furió, publicado en Lateral, 1999

traducción de Mercedes Corral,
novela, Mondadori, Barcelona, 1999
407 páginas
Fuente: Nextbook Inc. 

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